miércoles, 29 de septiembre de 2010

LA PRESIÓN DE LA HUEVA

Tengo aproximadamente menos de dos semanas para entregar el primer borrador de mi tesis. La idea es que entre las correcciones y los trámites no me demoren más de dos meses para poder titularme en diciembre. ¿Por qué? Porque quiero empezar una maestría en abril del próximo año y resulta que en la UAM las inscripciones son en enero. Por si no fuera poco, la semana en la que tengo que entregar mi tesis, también tengo que presentar tres extraordinarios de las últimas tres materias que debo...


Ahora, si realmente tengo tantas buenas motivaciones para terminar esta maldita tesis, ¿por qué estoy escribiendo al respecto en lugar de seguir trabajando en ella? Pff... siempre he sido una floja en toda la extensión de la palabra, y me he dado cuenta de que sólo funciono a mi máximo en situaciones de estrés y presión exageradas. Y vaya, terminar una tesis que va a un poco más de la mitad en 12 días ya es bastante presión, pero... creo que funcionaré aún más cuando me queden 5 días. ¿No es eso ridículo? ¿Por qué la mayoría de las personas no trabajan hasta que tienen el tiempo y la responsabilidad y el mundo encima?


A veces me gustaría ser más organizada, menos... huevona, digámoslo, me gustaría ser menos huevona. Porque no se trata de un problema fisiológico o existencial o cultural (bueno, tal vez sí cultural). Me cuesta mucho trabajo concentrarme en algo por más de media hora. Y no tengo esa enfermedad sacada de la manga por escuelas fancy que se hace llamar déficit de atención. Simplemente, cuando algo no me apasiona o no me interesa, soy incapaz de darle toda mi atención. Y esta tesis ya me ha quitado las ganas de vivir por mucho tiempo. Me sorprende no encontrarme justo ahora aventándome de un puente.


Recuerdo que a finales de mi segundo semestre en la carrera me pasó algo similar a esto (claro, en proporción a cómo han cambiado mis cargas de trabajo). Era costumbre mía y de varios de mis amigos dejar todo el trabajo hasta que faltaran pocos días para la entrega de los finales, así que cuando faltaba menos de una semana me ponía a leer un chingamadral de libros que terminaban enredándome las neuronas de tal manera que pasaba las siguientes semanas sin poder hablar bien. Pero lo lograba, de alguna manera siempre lo lograba. No fui nunca la de las calificaciones excelentes, pero tampoco entré al círculo de mediocridad y eso que mi carrera nunca me gustó mucho. Ese semestre en especial todo me daba mucha hueva. Teníamos un trabajo súper pesado de Medieval. Creo que fue el que nos entrenó para futuros dolores de cabeza. El caso es que un día antes de la entrega del trabajo yo tenía... NADA. El trabajo consistía en responder 5 preguntas (que en realidad eran 5 ensayos), tres cuartillas por cada una, citando 5 libros y 3 revistas por cada hermosa pregunta. O sea que básicamente tenía que leer unos 25 libros y 15 artículos para después redactar 15 cuartillas de cosas que me mataban de aburrimiento. Pero esa presión no bastó para que yo me dedicara a trabajar desde la mañana. Después de hacerme wey toda la mañana, prendí la computadora hasta las 5pm y me puse a platicar con quien fuera que estuviera en el msn. De pronto dieron las 12 de la mañana y me di cuenta que me quedaban 9 horas para leer, redactar, imprimir y correr a la Facultad. No tengo idea de cómo lo hice, sólo recuerdo que me atasqué de refresco y dulces para no quedarme dormida. Y lo logré... claro, el trabajo dejaba mucho qué desear, pero salvé mi materia con un 8.


*sighs* Tengo serios problemas, ¿no es así?

Espero que la historia de mi vida no se repita con esta tesis. Odio esto de la academia, pero con este librito le diré adiós. ¡ADIÓS PARA SIEMPRE!

Por fin me dedicaré a las cosas que en verdad me gustan. ¿Entonces lograré dejar de funcionar bajo ridícula presión en mi maestría?

Maybe... We'll see...

viernes, 10 de septiembre de 2010

DÍA DE ASUETO

Doña Catrina estaba cansada, los siglos de trabajar sin descanso agotaban su lealtad. Esa madrugada decidió no levantarse, dejar que por un día nadie conociera su presencia.

Los efectos fueron, como era de suponerse, devastadores. El rumbo de la historia cambió de muchas maneras. Las personas que intentaron suicidarse fueron quizás las más afectadas. Los que ese día se aventaron al metro se encontraron descuartizados y sin haber alcanzado la tan deseada muerte. Los miembros de rescate no tuvieron idea de qué hacer con aquellos pedazos de humano que aún tenían vida. En la guerra en el Oriente no hubo decesos, pero sí mucha confusión al ver soldados desmembrados ―unos incluso sin cabeza― desfilar como si nada después de un gran bombardeo. Muchos eventos de este insólito fondo llenaron las páginas de los diarios en todo el mundo.

Doña Catrina se repuso de la fatiga y regresó al trabajo al día siguiente, cubrió la cuota de dos días y le dio el descanso eterno a todos aquellos que sin estar conscientes escaparon de su destino.

Sólo uno se le escapó: mi vecino, que aquel extraño día intentó cambiar sin ayuda las tejas de su techo y cayó de la escalera. Desde entonces vive con un agujero del tamaño de un puño en la cabeza, cortesía de una piedra en su jardín. No sé si Doña Catrina algún día recordará este trabajito que se le fue, lo único que sé es que desde que yo era niño don Gregorio ya era un anciano con un extraño agujero en la cabeza.

Roxana Blancas

Photo by Tarumbarumba

jueves, 2 de septiembre de 2010

LA PERSISTENCIA DE LA MEMORIA

Antes de empezar con mi debraye nocturno debo quejarme sobre algo que odio del blogspot. Ahora que acaban de meter nuevas plantillas y permiten añadir más monerías, ¿por qué demonios tenemos que usar imágenes prederteminadas? Estuve media hora intentando descifrar los códigos de HTML para meter una de mis propias fotos de fondo y pues nada, soy pésima con estas cosas y odio que la opción en sí no exista y tenga que lucir un blog que se parece a cualquier otro de aquí. No queda más que buscar la individualidad en el concepto del blog; lo cual supongo es mejor pero, bueno, en este mundo en el que ya todo se hizo, todo se escribió y todo se ha visto... no hay muchas opciones para resaltar.

En fin, el tema de mi entrada es algo que se ha estado escribiendo en mi cabeza desde hace un par de semanas y que en algún lado tenía que terminar. Desde los 11 años me hice a la costumbre de llevar diarios. Creo que mi necesidad por tenerlos tan bien documentados tiene que ver con dos cosas esenciales: amo escribir y odio olvidar. Si bien me estoy contradiciendo con entradas anteriores en las que hablo de la necesidad del olvido, creo que es algo que se aplica a ciertas cosas, ciertas personas, ciertos eventos, pero no a toda una vida.
Es realmente sorprendente la cantidad de cosas que somos capaces de olvidar, y no hablo sólo de eventos traumáticos que bloqueamos, sino de cosas que disfrutamos y juramos jamás podríamos olvidar; acontecimientos que marcaron cambios en nuestras vidas o en nuestras personalidades pueden desaparecer con una facilidad que casi asusta.
Me gusta mucho releer mis diarios, no es que me guste vivir en el pasado, pero hay muchas cosas que merecen ser revividas. A la fecha tengo 6 diarios (5 de papel y pluma y uno en internet que llevo desde hace 7 años), todos de diferentes tamaños y diseños, narrados desde Roxanas también muy diferentes entre sí. No sólo me gusta revivir cosas que había olvidado por completo, ver la evolución de mi voz también resulta muy divertido.
Las cosas que escribía a los 11 años pueden matar de risa a cualquier persona, y amo esa inocencia con la que solía ver a las personas y las situaciones. Mis narraciones de los 15 a los 16 años ocupan, en su mayor parte, mi obsesión con los Backstreet Boys y mis debrayes con ellos... jajajaja, aparte de que todos tenemos etapas incómodas, yo le echo la culpa a esa secundaria católica y para puras mujeres que me hizo una inepta para relacionarme con el sexo opuesto y que me obligó a fantasear con 5 desconocidos. La etapa más difícil de leer es quizá la de mi año sabático obligado por no haber podido entrar a la UNAM. Creo que no hubo una época más triste y deprimente en mi vida, justo por eso, porque casi acaba con ella. Las etapas más divertidas son quizá las de la universidad, creo que mi vida nunca estuvo tan llena de tanto y todo como en esos años de clases, amigos, novios transitorios, pedas, viajes y fiestas. Las narraciones actuales seguro también me sacarán muchas sonrisas en unos años, haber encontrado al hombre con el que quiero construir una vida no es cualquier cosa, releer nuestros inicios seguro será fantástico.
En fin, creo que esto de llevar diarios es un ejercicio de análisis que, aunque es considerado hasta cierto punto cursi, puedo recomendar a cualquiera. No soy la persona más cuerda del mundo, pero cuando me pierdo puedo encontrarme en las páginas que yo misma escribí. Puedo entender lo que mi presente a veces no puede digerir. Puedo volver a ser amiga de aquellas personas que salieron de mi vida y mirarlas en su tiempo, sin rencores. Puedo revivir cosas que necesitaba y había olvidado. Puedo mirarme en un espejo que proyecta diferentes Yo, otredades de mí misma que al final me ayudan a terminar de entenderme.

Los diarios, en definitiva, son la mejor terapia y la mejor cura a esa horrible nube de olvido que no siempre es necesaria. Si bien es cierto que no podemos vivir en el pasado, también es cierto que no se puede habitar el presente sin reconciliarse con el pasado.

Cheers!