Llevo meses con esta canción en la cabeza. Y no quiero luchar por correrla. Sostenemos un feliz romance.
¿Qué otra cosa puedo hacer? Si no olvido, moriré...
Oh, Cerati, ojalá pudieras regresar.
Cheers
¿Qué otra cosa puedo hacer? Si no olvido, moriré...
En mi república se practica la autarquía de repliegue: producir para autoabastecerse y permanecer inmodificado, al abrigo de influencias extranjeras. Porque habitar con los otros es la guerra y me destruye, he preferido rodearme de una difusa constelación afectiva. Sus luces están lejos y aunque apenas iluminan, también me dañan un poco. Vivo casi oscuras. Vivo en mi casa breve de lecho breve y breves visitas al exterior.

Sabías que la espera podría prolongarse como suelen hacerlo esas horas en las que lo anhelado se esfuma. Pero ¿quién podría culparte? Sólo necesitabas sentir su aliento en tu cuello una vez más, ver su rostro entre tus piernas dibujando un deseo que se piensa pero que jamás… jamás se dice. Y lo que dicen por aquí es que eres la caricatura de una noche frustrada, los tacones gastados que habrán de colgarse al lado de la cama en la espera de que la siguiente noche sea diferente. Al final, ellos qué saben, tal vez la siguiente persona que cruce la puerta se atreva a encontrarte detrás de todo ese rojo carmín y decida quedarse…
Roxana Blancas
Las palabras eran su arma letal, podía desarmar a cualquiera con sólo una oración; aun sin conocer al oponente, sabía exactamente qué palabras podrían atravesar la piel como una espada. Pero ¿de qué le servía semejante poder ahora? Ahora que temblaba como niño asustado y que ni una sola palabra podría defenderla de ese inevitable conjuro. Él no dijo nada, una sola mirada atravesó su pecho y le quitó el aliento. Sin verbos ni sujetos ni conjunciones ni complementos, él acertó y se fue. Su piel brillaba como la luna y sólo esperaba que aquel rojo carmín que recorría su vientre no tardara mucho en definir su punto final.
Roxana Blancas
Esta minificción se me atravesó sin ninguna fotografía, pero de alguna manera va hilada en este ciclo de relatos cortos. ¿Minificciones o cuentos cortos? Las nomenclaturas me dan dolores de cabeza, quizás empecé a llamarles minificciones por el concurso al que me metí de Alberto Chimal. Lo cierto es que me gusta la brevedad. Entre menos palabras para mí es mejor. Tal vez incursione en las microficciones. Y que conste que no me gusta esto por la economía del lenguaje, simplemente me parece fascinante el reto de describir el mundo en pocas palabras.
En fin...


Seré el pretexto que se calla entre ustedes dos. Iluminada en ese amordazado deseo de ser la protagonista, me conformaré con mirar la historia desde el último asiento en la sala. Celestina por despecho, solitaria por convicción, recorreré una y mil veces este camino hasta llegar a esa orilla en la que soy yo quien te arranca las ganas.
Roxana Blancas
Las arañas de su mente trepaban por la noche, escupían su veneno y se iban al amanecer. Por la mañana parecía tener resaca, se sentía cansado, contaminado de algo que no era capaz de pronunciar. El desayuno sabía cada vez más extraño, de pronto tenía ganas de tirarse en una esquina y dejar el día pasar sin salir de la oscuridad. Una tarde, cuando ella lo besó, no pudo evitar ese horrible impulso que venía desde el estómago y la tomó como con ganas de destrozarla. Asustado de sí mismo regresó a esa esquina donde ahora resplandecía su cochón. Las arañas de su mente volvieron a trepar, escupieron su veneno y huyeron con los primeros rayos de sol. Juraría que despertó de cabeza, sus extremidades formaban varios pares que le permitieron guardar el equilibrio en la pared. Corrió a mirarse en el espejo cuando sintió en sus labios unos pequeños colmillos. Al mirarse se dio cuenta de que nada había cambiado, su rostro era el mismo, no había colmillos ni extremidades de más… sin embargo…
Roxana Blancas
Tendría que explotar. Para que el vértigo y la sensación de fracaso se vayan… tendría que explotar. Desde el estómago se dictan los siguientes pasos. Uno, dos, tres. ¡Pum! Pero sigo aquí, mi bendita suerte no me deja ir. Aunque ya no me queda mucha de esa. Por suerte.
Pienso que sería más fácil que aceptaras que nada de esto es mi culpa, que simplemente soy víctima de las circunstancias, que bla bla bla bla; y que un día si ya no me encuentras simplemente pensaras que fui al baño, o al cine, o al parque, o a buscar más gatos. O que simplemente aceptaras que me fui porque ya no podía ser, ni estar…
Pero me buscarás, eres necio y me buscarás. Y para ese momento la punzada que atravesaba mi estómago ya habrá atravesado mis manos. Ya no seré yo quien escribe, ya no seré yo quien piensa. Los pedazos de mí inundarán la única habitación en la que se te ocurrirá buscarme. Y si tienes suerte, podrás darte la vuelta y fingir que fui al doctor antes de que esos pedazos te cuenten historias.
Mas si es demasiado tarde y se te ocurre hacerles caso, que busques una explicación no servirá. Tampoco reunir los pedazos para pretender otro rato. Pretender es un arte que no dominarás. Se requiere de un astuto cinismo que a ti se te escapó cuando aprendiste a sonreír. Y para mí… pretender es un vicio que necesitaba dejar.
Por eso a los pedazos hay dejarlos regados, guardados en esta habitación que contendrá un fracaso que no puede ser contado, que no puede estar a tu lado. Y para eso sólo tengo que esperar a que la suerte cuente sus últimos triunfos. Uno, dos…
Roxana Blancas

“Señor, sólo una cosa te pido, que me concedas olvidar todo esto que he hecho y que entiendas que lo hice en tu nombre; tú que perdonas, tú que misericordioso eres, llévate mis pecados pues arrepentida estoy”. Rezaba la mujer, arrodillada frente a aquel cuerpo inerte con los ojos aún abiertos. Sostenía fuertemente su viejo rosario mientras le cerraba los ojos con la ternura de una madre que arropa a su hijo y le desea las buenas noches. Lo arrastró hasta al sillón y con un empujón lo acomodó frente a la televisión. Apretando su rosario aun más fuerte, abrió su bolsa y sacó una hoja doblada que no poseía muchas líneas en tinta negra. La colocó cuidadosamente en la mesa del control, frente a la lámpara que ella misma le había regalado cuando se mudó a aquel departamento. Tomó el frasco con las pastillas que sobraban y las regó a su alrededor. Terminando con lo planeado, como una de tantas liturgias, volteó a verlo por última vez antes de irse.
“Y a ti… con esto condono a tu alma para que dejes de pecar, para que dejes de engañarte y para que absuelvan tu alma por esta vida tan terrible que decidiste llevar. No, Dios no perdona a los de tu clase, por eso yo te salvé… hijo mío”.
-Roxana Blancas
Pues después de mucho enseñar este cuento, mi adorado amigo Guillermo Vega me dio una clase sobre cuento y me ayudó a mejorar éste que ya había publicado aquí. Sé que me falta mucho para afinar la técnica, pero este cuento me gusta mucho, por eso decidí volver a enseñarlo, pero ahora en su versión final. ¿Alguien me lo quiere publicar? xD
Cheers!
Lo último que Abraham le prometió a su hijo fue que nunca más tendría que pasar ni hambre ni incertidumbre sobre el techo que lo cubriría al dormir. Lo que él no sabía era que al cruzar la frontera moriría de inanición en el desierto, dejando aquel gran sueño americano reducido a una pesadilla local. Ni su hijo ni su esposa volverían a saber de él; pocos meses después de su partida les quitarían su terreno para construir una nueva unidad habitacional que contaría con spa, gimnasio y unas palmeras con cocos.
-R. Blancas
"La Nazi" sin duda se llevó mi desconcierto total, mis gritos y mi risa desmedida. Lo genial de esta colosal mujer era cuando agarraba del cabello a sus contrincantes, y así, agarradas del cabello, las ponía a dar vueltas en el aire para terminar aventándolas muy lejos... ja ja ja ja... genial, ¡miren su foto! No hay más qué decir.