jueves, 23 de octubre de 2008

LITURGIA

“Señor, sólo una cosa te pido, que me concedas olvidar todo esto que he hecho y que entiendas que lo hice en tu nombre; tú que perdonas, tú que misericordioso eres, llévate mis pecados pues arrepentida estoy”. Rezaba la mujer, arrodillada frente a aquel cuerpo inerte con los ojos aún abiertos. A pesar de estar convencida desde el inicio de que estaba haciendo lo correcto, su incorruptible moral católica la obligaba a sentir culpa, a arrepentirse y a pedir perdón porque eso era todo lo que necesitaba para lavarse de cualquier culpa.
Entonces le cerró los ojos con la ternura de una madre que arropa a su hijo y le desea las buenas noches. Lo arrastró hasta su sillón y con todas sus fuerzas lo acomodó para que pareciera que había estado viendo la televisión. Ya tenía escrita la carta de despedida que dejaría en la mesita del control, así que sólo la sacó de su bolsa y la dejó frente a la lámpara que ella misma le había regalado cuando se mudó a aquel departamento. Tomó el frasco con las pastillas que sobraban y las regó a su alrededor. Terminado con lo que había planeado, llevando a cabo todo como una de tantas liturgias, volteó a verlo por última vez antes de irse…
“Y a ti, hijo mío, con esto condono a tu alma para que dejes de pecar, para que dejes de engañarte y para que absuelvan a tu alma por esta vida tan terrible que decidiste llevar. No, hijo, Dios no perdona a los de tu clase, por eso yo te salvé”.


Roxana Blancas

sábado, 18 de octubre de 2008

DESPEDIDA

—Te vas a callar. Te lo juro, no volverás a abrir esa boca si no es para tragar tierra.

Entonces se acercó despacio sin dejar de mirarlo a los ojos. Sacudió su pala y la elevó lo suficiente para tomar vuelo. Sintió mariposas en el estómago, las mismas que le provocó cuando lo vio por primera vez, y dejó caer la pala sobre su cabeza con todas sus fuerzas. Él aún se movía, balbuceaba con sus pocas fuerzas y casi lograba articular palabra, pero ella no lo iba a dejar terminar.

—Y tú que creías que no sería capaz…

Cayó la pala de nuevo en su cabeza, esta vez con más fuerza. No tuvo que tocarlo, supo que había dejado de respirar. Ahora no podía reconocer su rostro, aquel rostro que una vez amó, aquel rostro que tanto odió, ahora lucía tan monstruoso como lo que la había hecho sentir por tanto tiempo. Se dio unos segundos para recuperar el aliento mientras le desataba los brazos. Sus manos aún estaban tibias; no supo por que eso la reconfortó, pero entrelazó sus dedos con los suyos una última vez. Sonrió con los ojos, soltó su mano mientras se levantaba y con una patada en la espalda lo hizo caer al agujero. Tardó menos de una hora en llenarlo de tierra y, efectivamente, lo que quedaba de boca aún en su lugar, no hizo más que tragar tierra hasta hundirse en ella.

Por la mañana ella no recordaba nada, y jamás volvió a sentir aquel impulso monstruoso que enterró junto con él.

Roxana Blancas